Lo mejor que le puede pasar a una puerta es tener un número sobre ella. Al menos a las que miran a la acera. Las que son de interior, juegan en otra liga. En la de las puertas de los hoteles, apartamentos y celdas de cárceles y conventos. O en la tercera división de "señoras", "caballeros", "sólo empleados", empuje (emburre) o tire (puxe).
Las que dan al exterior se legitiman si forman parte de la numeración de una calle. Si pueden corresponderse exactamente con lo que pone en la dirección de una carta. Si, gracias a los números, las confundimos y las llamamos como si fueran lo que hay dentro. Como se confunde el mapa con el territorio o el queso de cabrales con todo aquello a lo que acompaña.
Cuando fui a ver la casa en la que ahora vivo, una vez encontrada la calle vi que picaba en cuesta. Junto al rótulo con el nombre de la rua vi el portal número 2. Y decidí que yo aquella cuesta no me la subía todos los días. La decisión era firme, pero había quedado con la que ahora es mi casera. Comencé a andar hacia el número 66, número de mi casa. Cien pasos después, estaba parado (y desconcertado) delante del 60 (foto).
Aquí no sólo se numera todo lo que se pueda numerar y lo que no, sino que se construye como se ponían las casas verdes sobre el tablero del Monopoly. Aquí azulejadas o a desconchón limpio. Pero el número siempre dentro de un azulejo.
Ahora que alguien me diga en qué otra ciudad la puerta con el número 60 podría ser más feliz.
Las que dan al exterior se legitiman si forman parte de la numeración de una calle. Si pueden corresponderse exactamente con lo que pone en la dirección de una carta. Si, gracias a los números, las confundimos y las llamamos como si fueran lo que hay dentro. Como se confunde el mapa con el territorio o el queso de cabrales con todo aquello a lo que acompaña.
Cuando fui a ver la casa en la que ahora vivo, una vez encontrada la calle vi que picaba en cuesta. Junto al rótulo con el nombre de la rua vi el portal número 2. Y decidí que yo aquella cuesta no me la subía todos los días. La decisión era firme, pero había quedado con la que ahora es mi casera. Comencé a andar hacia el número 66, número de mi casa. Cien pasos después, estaba parado (y desconcertado) delante del 60 (foto).
Aquí no sólo se numera todo lo que se pueda numerar y lo que no, sino que se construye como se ponían las casas verdes sobre el tablero del Monopoly. Aquí azulejadas o a desconchón limpio. Pero el número siempre dentro de un azulejo.
Ahora que alguien me diga en qué otra ciudad la puerta con el número 60 podría ser más feliz.