Lo mejor que le puede pasar a una puerta

Lo mejor que le puede pasar a una puerta es tener un número sobre ella. Al menos a las que miran a la  acera. Las que son de interior, juegan en otra liga. En la de las puertas de los hoteles, apartamentos y celdas de cárceles y conventos. O en la tercera división de "señoras", "caballeros", "sólo empleados", empuje (emburre) o tire (puxe).
Las que dan al exterior se legitiman si forman parte de la numeración de una calle. Si pueden corresponderse exactamente con lo que pone en la dirección de una carta. Si, gracias a los números, las confundimos y las llamamos como si fueran lo que hay dentro. Como se confunde el mapa con el territorio o el queso de cabrales con todo aquello a lo que acompaña.

Cuando fui a ver la casa en la que ahora vivo, una vez encontrada la calle vi que picaba en cuesta. Junto al rótulo con el nombre de la rua vi el portal número 2. Y decidí que yo aquella cuesta no me la subía todos los días. La decisión era firme, pero había quedado con la que ahora es mi casera. Comencé a andar hacia el número 66, número de mi casa. Cien pasos después, estaba parado (y desconcertado) delante del 60 (foto).

Aquí no sólo se numera todo lo que se pueda numerar y lo que no, sino que se construye como se ponían las casas verdes sobre el tablero del Monopoly. Aquí azulejadas o a desconchón limpio. Pero el número siempre dentro de un azulejo.

Ahora que alguien me diga en qué otra ciudad la puerta con el número 60 podría ser más feliz.

Ser, estar, ficar

A mí me da alegría que en castellano tengamos los verbos ser y estar. Los ingleses no pueden entender demasiado esta tonta alegría. Pero los portugueses, un paso por delante, tienen un verbo que supone un paso más allá de estos dos. Tienen el verbo ficar. Un verbo que puede sustituirse por quedarse, permanecer, continuar, seguir, estar, ser o muchos otros, depende el contexto, pero que en realidad, es muy difícil de definir. Según me dijo un portugués, más allá de sus usos contextuales, es un verbo que implica una situación menos permanente que "estar". Como si el podio de lo que nos queda fuera: oro ser, plata estar y bronce ficar.

Como español, al menos al principio, se usa poco. Tenemos nuestro ser y nuestro estar y las formas de decirlo en portugués tampoco andan demasiado lejos (sou, és, é, tomos, sois, sâo; estou, estas, esta, estamos, estais, estâo). Pero los que tienen el inglés como lengua materna, aquellos para los que ser tonto y estarlo son conceptos parecidos, usan ficar (1) para absolutamente todo. Y lo traducen al inglés usando el "to be", y fin del problema. Lo cual es una pena. Pasan de un verbo con la versatilidad de un huevo en la nevera a otro mucho más abierto y menos preciso.

Así que no sólo el portugués diferencia al que es tonto del que lo está, sino que en este último caso diferencia entre el que lo está y lo fica. El que anda en proceso de estar, sin haberlo estado. O el que habiéndolo estado mantiene el rescoldo de cómo estuvo. Mientras, el inglés que aprende portugués, decide que el castellano puede esperar.

Que Fique Tudo Bem.

1: Se conjuga como el "mirar" español (fico, ficas, fica...)

Amores imposibles (y II)



Cuatro sombras, tres personas, dos perros y un sofá. Los escombros y el Mercedes los obviamos.

Las invasiones bárbaras

Ya dije en una de las primeras entradas que el español que anda por Lisboa es un prepotente idiomático. Repito la frase, pero quito lo de "idiomático". El idioma no es más que el síntoma, la soberbia es la enfermedad.

Este pasado fin de semana, coincidiendo con el puente del 12 de octubre en España, esto estaba lleno de grupos de españoles. Y, sinceramente, me duele ver lo maleducados que son con los portugueses. He viajado lo suficiente como para hacerme una idea de cómo es el español que va por el mundo y aquí no es como en otros lados. Siempre somos ruidosos y gritones, pero lo de mirar por encima del hombro sólo lo he visto aquí y, algo menos, en Latinoamérica.

Podrá decirse que el español que viene aquí puede que tenga un perfil diferente al que te encuentras en Londres. Y es cierto. Pero más allá de los motivos, esta es la principal consecuencia: Aquí, a los españoles, no nos pueden ver. Pero bastante de su turismo depende de nosotros. Así que disimulan. Como hacen con los alemanes en la Costa del Sol o con los madrileños en Sierra Nevada. Generalizo, pero no mucho.

Motivos. Para mí hay cuatro. Uno, el PIB. Así de macroeconómico me pongo. Dos, que hablamos en español con ellos, ni rastro de la inseguridad que nos entra en cuanto tenemos que hablar en inglés. Y dejamos a ellos el papel de comprendernos. Tres, que se paga menos aquí que en otros sitios de Europa. Y cuanto más baratas son las cosas, menos las apreciamos. Esto es microeconomía de barra de bar, pero me vale igual. Y cuatro, no conocemos Portugal, sus noticias no aparecen en nuestros telediarios, su historia es ninguneada en nuestros libros de texto y, en consecuencia, el portugués no nos resulta cercano. [Mourinho, Cristiano y Pepe no han ayudado mucho en este sentido. Pero eso es otra historia].

Las amables visitas

Hablo también de españoles. De los que no se hacen notar por aquí más que por lo bueno, y de una persona jurídida española.

Mi casera, tras verme con una bolsa de "El Corte Inglés" me dijo que era el mejor mercado de aquí. Y yo, desde antes de que un amigo trabajara en el de España, también lo pienso. Otra cosa es que ahora, por lo del amigo, compre allí más que nunca. Y si encima tiene cines, qué voy a decir.

Varios de los portugueses que trabajan conmigo me han hecho referencia a la encuesta que se divulgó en la prensa hace unos años: Creen que les iría mejor si pertenecieran a España. Y mira que lo de la encuesta me lo tomé poco en serio. Pero ellos, poco nacionalistas para lo malo, piensan que lo mismo estaría bien. En 2009 el 40%. En 2010 el 46%. Y el 50% apoyarían que se enseñara español de forma obligatoria en sus escuelas.

A España, lo mismo que nosotros a Portugal a por toallas, aquí dicen que se iba a por caramelos. Y "El Corte Inglés" junto a los sempiternos perfumes, te recibe en su primera planta con una estantería de ellos. Caramelos junto a Chanel. Que venga Brad Pitt y se los coma. No podemos ser mal sitio: mi padre sigue cogiendo al vuelo caramelos de la cabalgata de reyes (que luego yo me como).

Ningún propietario me puso pegas por mi nacionalidad para alquilarme su casa, más bien lo contrario. Y la propietaria de una tienda de cuadernos azules famosos por ser mencionados en una novela de Paul Auster  me dijo el otro día que vende muchos gracias a los españoles. Sospecho que algo tenía que ver el español que me habló de la tienda, le dijo a la dueña lo de la novela (ella no lo sabía), me regaló uno en su primer viaje y compró tres en el último.

Y, para cerrar el círculo de la última entrada, a Cristiano Ronaldo aquí se le quiere. No deja de ser un estupendo jugador de fútbol. Mourinho les hace menos gracia. O ninguna. Eso sí, decir aquí que eres del atleti te garantiza una buena charla con los portugueses futboleros. Tenemos un amor común: Paolo Futre.

Que si nos entienden en español no es nuestra culpa, tenéis razón: es nuestro paraíso turístico junto a Latinoamérica. Brasil incluido. Y tal y como está la situación, venir para acá es lo mejor que uno puede hacer con su dinero: Dejárselo educadamente, como si fuera sal, al vecino. 

La de aquella que empezó cantando fado y acabo ladrando (o el pavo real albino).


En un desaforado intento por aportuguesarme, semanas atrás asisto a un concierto de Fado en un parque. Es a las 18.30. Una cantante está flanqueada por un contrabajista y un acordeonista. Vamos mal. Sólo falta la Tuba.
Entre el escenario y las sillas para los espectadores hay un montón de críos jugando sobre una alfombra rosa. Han querido integrar lo del parque y el concierto, pero no funciona. Los niños pasan del concierto.

La fadista canta bien los dos primeros temas, pero parece no estar conforme con que su audiencia infantil la ignore y cada vez esté más revolucionado. Así que aprovechando que la tercera canción se llama caõ (perro), a mitad de la misma comienza a ladrar mientras el contrabajo disgrega. Y como ve que los niños ahora sí que atienden, se tira 5 minutos ladrando. A ratos como los perros que te pegan un susto desde detrás de las verjas. Otras veces como los que suplican que les saques de paseo. Por momentos, como si estuviera en celo. Y, eventualmente, como si le hubieran pisado la cola. Me largo a ver el jardín. Hay un pavo real albino.  Lo persigo mientras lo que oigo se asemeja al sonido de las noches de insomnio en las que los perros de los vecinos quieren fiesta. Grabo al pavo. Pero no soy capaz de poner aquí mi "pavo-secuencia", así que lo dejamos en la foto. Que no es buena, pero lo muestra en pleno autismo en mitad del parque a la hora en la que pican los mosquitos.

La luz y el mar que se cree río

La luz de Lisboa me encanta, sobre todo a través de cristales oscuros. Nunca antes había tenido esta necesidad de maldecir si descubro que (otra vez) me he dejado las gafas de sol en casa. Las explicaciones para este exceso de luz lisboeta van desde mi propio envejecimiento e intolerancia al sol, al constante viento, pasando por la escasa altura de los edificios y al efecto global del reflejo de ese río (que es mar).
Porque no es río. Lo he probado y está salado. He preguntado a los pescadores y no hay carpas (sereias tampouco, me hubiera encantado que me dijeran). Y los ferries tardan 5 minutos en cruzar de un lado al otro. Y por las noches, metido en la cama, a veces escucho el bufido de transatlánticos. Por los ríos van barcas, lanchas y las cosas esas con ruedas gigantes que recorren el Mississippi. Y este Tajo no se parece en nada al que rodea Toledo. Ese es verde. Este azul. Una veces pixelado (dijo un amigo), otras aturquesado (dicen los que lo diferencian), otras oscuro de ansiedad por no encontrar playas con las que chocar.

Trabajo al lado del río (mar). Y lo veo desde mi mesa. Bueno, por la ventana de mi despacho se ve otra ventana que deja ver otro despacho por cuya ventana se ve el río. Vamos, que cuando veo agua es a través de tres ventanas y una puerta abierta. Pero se ve. Y, claro, como no es plan de asaltar despachos ajenos, a veces salgo a la calle a verlo de cerca. Y en cuanto piso la calle queriendo ver el mar me sorprendo de la luz. Cada día es diferente, pero siempre es preciosa y excesiva si no llevas gafas de sol. Las explicaciones para su belleza se las dejo a los esquimales, que seguro que tienen palabras para ello. Pero desde ya pienso lo mucho que la voy a echar de menos. Como a la luna de Lisboa el amigo Daniel. Nostalgia antes de irme de aquí. Lo mismo es que todo se contagia.